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TROFEO MASTER TUDELA DE DUERO PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Oscar Martinez Lopez   
Martes 03 de Abril de 2012 00:17

El pasado 18 de marzo arrancó la temporada competitiva máster en Castilla y León y como no podía ser de otra forma el equipo Guia Color no podía faltar a la cita, seguimos en la "brecha". Así, os dejo la crónica de nuestro nuevo fichaje estrella de este año: Rafael Simón, al cual seguro que oiréis, entre otras cosas porque nunca calla.

Aún no me lo puedo creer. 10:58 de la mañana de un frío y a ratos soleado domingo de marzo. 8 graditos. Me encuentro en Tudela de Duero (Castilla profunda, provincia de Valladolid) en la línea de salida de una carrera categoría master. Dos minutos para dar la salida. ¿Cómo he llegado hasta ahí? Sigo preguntándomelo. Oscar Martínez, “Cadelo”, me convenció a principios de temporada. “Sácate la licencia master hombre, que sirve también para las marchas”. Me retó en enero. Y yo le hice caso en febrero. “Bah, hasta marzo, ya tendré tiempo de echarme atrás”, pensé. He caído en la trampa.

Estoy con pánico escénico grado 4 en la escala Richter del miedo. En la recogida de dorsales me ha intimidado cada uno de los participantes que hacía cola. Se ha rumoreado que por participación el nivel pudiera ser de Copa de España (esta prueba corresponde al circuito de Castilla y León). Buf, ese comentario me ha servido para solucionar la duda de si visitar o no el baño. Subimos a grado 5 en la escala del miedo...

El calentamiento previo a la prueba me ha permitido observar el desfile de maillots repletos de publicidad de los participantes que antes no conocía. Cuerpos fibrados. Me pregunto que hacen allí y no en categoría élite. Y ya estamos en grado 6. Nuevos temblores y de nuevo ganas de ir al baño.

En los días previos a la prueba he recibido todo tipo de consejos. Primer consejo: COLOCACIÓN. Importantísimo estar delante en la misma línea de salida. Lo cumplo a “rajatabla”. Apenas he sido más hábil que 10 o 12 corredores (incluyendo al pobre Cadelo que minutos antes de salir se ha dado cuenta de que había olvidado algo en el coche). Es todo lo que veo por detrás. Por delante 160 galgos han sido más rápidos que yo. Y esto ni ha empezado. Ni con el coche de Fernando Alonso voy a poder adelantar. Segundo consejo. ¡Luego os lo cuento porque se acaba de dar la salida!

Aparentemente hay un tramo neutralizado para salir del pueblo. Lo aprovecho para seguir la rueda del gran Cadelo y avanzar posiciones entre el pelotón. Se supone que si alguien te dice por detrás “paso, paso” debes hacerte el loco para evitar perder posiciones, y si eres tú el que pretende avanzar en ese caso un truquillo algo “ilegal” es decir “dejad paso a la moto”, los corredores se apartan y puedes coger ese huequillo. Parece que funciona aunque noto rumores desaprobadores por detrás.

Salida lanzada. Es cierto que el viento es favorable, pero me parece una locura que no se baje de los 54 por hora. Con la excusita de la moto he conseguido ubicarme entre los 50 primeros, así que voy feliz. Mi gran arma es conocerme el recorrido perfectamente; mi gran debilidad: los ataques. No dejan ni respirar. Si no es uno es otro. Como tiburones peleando por una presa. Yo me pregunto que qué ganas tendrán de escaparse tan rápido. Que yo sepa eso sólo lo hacen los del Andalucía en la Vuelta a España y al final siempre hay un sprint. El “speaker” lo tenía que haber anunciado en la salida: “Corredores participantes, no se esfuercen en atacar de salida que al final la escapada tarda en hacerse, respeten a los más débiles”.

Posteriormente me comentaron que había un sprint especial en el kilómetro 20. Y digo yo: para ir tan rápido… ¿qué daban por pasar primero por la pancarta? ¿Un apartamento en Torrevieja? ¿Un cena romántica con Shakira? ¿Un vale de peluquería para que te dejen tan guapazo como a Guti? Pues no. Un chorizo. ¡Un chorizo! ¡Pero si los participantes en esta prueba están finísimos! A dieta seguro. ¿Para que quieren un chorizo? Estoy seguro de que los 50/100 corredores que íbamos ahogados por su culpa bien a gusto hubiésemos puesto un euro cada uno para pagarle al ganador de ese sprint especial (que ni vi de lo rápido que pasamos) el equivalente en dinero por el choricito de marras a cambio de no ir a esa velocidad. Si todo es hablarlo.

Además, entramos tan rápido en el pueblo “del chorizo” que el pelotón no pudo estrecharse a tiempo. Resultado y segundo consejo: EVITAR CAÍDAS. Al ir por un lateral puedo evitarla, pero siento por detrás un frenazo a destiempo, un grito instintivo, agudo y el posterior chirrido inconfundible del metal golpeando contra el suelo. Ha debido ser una montonera. Quiero pensar que no ha sido nada. Que ninguno de mis amigos lo ha sufrido. Que nadie está herido. Agradezco mi suerte para mis adentros. Pero subo un gradito más en la escala Richter del miedo. Ya son 7.

Deseo creer que una vez pasado el sprint especial la calma volverá de nuevo al grupo, y es que como sigamos así vamos a llegar a meta antes de tiempo y no habrá ni espectadores. Nada más alejado de la realidad. Llegan los repechos. Yo no entiendo como se puede ir a esas velocidades, sobre todo los equipos que han venido de fuera. Me imagino sus familias a la vuelta. “Bueno, ¿y qué tal la zona, bonita?”. Pero que bonita ni que nada… ¡si no han podido ver ni las líneas discontinuas de la carretera! Que esa es otra. Las continuas no sé ni para que están si se adelanta igual.

Balbuceo algo incomprensible al de al lado, no puedo ni hablar así que paso a los gestos que visualmente parecen significar que porqué se va tan deprisa. Me comenta entre jadeos (más dignos que los míos) que se va tan rápido porque no acaba de hacerse la escapada. ¿Tan difícil es? ¿No se podría escapar uno de cada equipo? Pido por favor que ésta posibilidad se produzca lo antes posible antes de que me quede tirado sin oxígeno en alguna cuneta, necesito que el pelotón deje de torturarme.

El recorrido nos lleva a Valbuena, primera cota puntuable para el premio de la montaña y posterior giro a la izquierda progresivo por lo que el viento nos empieza a dar de lado. Tercer Consejo: COGER EL ABANICO. La locura. Se trata de coronar el repecho al límite de tus fuerzas y luego, en el páramo (en Castilla después de subir una cota no se baja, sino que se sigue llaneando y luego se baja, aunque no tenga sentido) se trata de ir totalmente pegado por la cuneta de la orilla opuesta a donde sople el viento para no quedarte cortado en medio de una hilera de ciclistas. Lo paso realmente mal. De pronto suena Roxette en mi cabeza con su éxito “Listen to your heart” (Escucha a tu corazón). Y como para no. Lo noto vibrar hasta en mi cabeza. Y a ritmo de Chimo Bayo. ¡Ju jas!.

El éxito de seguir vivo mientras vas encunetado (que tiene narices, con toda la carretera que tenemos, que encima es más que un día de diario porque la policía corta el tráfico… ¿por qué tendremos que ir por toda la cuneta? ¡Es que saltan hasta las piedras!) consiste en aprovechar la mínima estela del corredor que te precede para que el viento lateral no se convierta en un telón de acero que te haga quedarte cortado y abandonado a tu suerte, que podría ser (quizás bueno después de todo) que el juez te diga que tu retraso es lo suficientemente grande como para retirarte de la prueba.

Pero tengo un truco. Para hacer saber al corredor precedente que estoy en su estela y que debe tener cuidado de no tirarme a la cuneta (o al campo de trigo que observo ya peligrosamente cerca), en vez de pegarle un grito para que se abra más (que seguro no querrá, que bastante dura es la vida como para trabajar gratis para los demás) lo que hago es apoyar mi mano izquierda (teniendo en cuenta que circulamos encunetados por la derecha) con mucha suavidad en una de sus nalgas (la más cercana a mi). Podría decirse que incluso la acaricio. Descubro que esta acción produce una sensación de tranquilidad en él y a mi me reporta un poquito más de hueco. Lo suficiente para conectar de nuevo con el grupo que ha decidido dejar de violar nuestra salud. Agradezco al corredor que me ha ayudado a entrar su gesto. Lo que no entiendo es el por qué de su posterior guiño de ojos con cara picarona. Incógnitas del mundillo master. Acaba el viento lateral, y los abanicos. He visto tantos como en un video de Locomia.

El nuevo giro a la izquierda hace que nos encontramos con el viento de cara, lo cual significa que estamos de vuelta, el ritmo baja ostensiblemente en el pelotón en el que ya sólo quedamos unas 60 unidades. Levanto la vista por primera vez en muchos kilómetros. Intuyo al fondo un grupito de escapados con apenas 30 segundos. Pero aún debemos afrontar la última cota puntuable del día. El enemigo en casa. El equipo Más madera de Valladolid no ha conseguido infiltrar a ningún corredor y hace de esa subida un verdadero Rosario. Cómo se nota que llega Semana Santa. Me intento aferrar pero es imposible. Me quedo sólo. Crucificado. Es una subida (Piña de Esgueva) que conozco perfectamente, pero me quedan pocas fuerzas. Se va el pelotón, me pasa la moto que lo cierra. El juez de carrera. Un coche de equipo, dos, tres… Siento como una lágrima de impotencia asoma por mis ojos para surcar mi desencajada cara. No me quedan ni fuerzas para llorar. Corono a diez segundos del grupo. Una ridiculez. Un mundo. El viento cambia con las curvas, ahora es lateral. Voy abatido. Pero entonces aparece él. Un espigado corredor me atrapa por detrás y con fuerza tira de mí. Su coche de equipo le va animando. Noto como lo da todo. Me pide relevo.

Cuarto Consejo (este de mi cosecha): EXPRIME LO MEJOR DE TUS COMPAÑEROS SIN DAR UN PALO AL AGUA. No le relevo, pero le digo lo bien que va, lo guapazo que está con su equipación, lo fino que es. Intento insuflarle ego porque más no tengo para ofrecerle. Su director no da crédito. Aún así nos acercamos muchísimo, pero queda otro repecho traicionero y en cuento giremos el viento volverá a ser de frente definitivamente y si no enganchamos nuestro (mejor dicho, su esfuerzo) no habrá valido de nada. Decido aplicar mis conocimientos de televidente de carreras profesionales. Relevo a mi exhausto compañero. Voy avanzando entre coches. Coche tres, coches dos. Coche uno. Juez de carrera. Moto. Con la moto es más fácil porque la chica que va de paquete es de posaderas agradecidas (de mi liga) y eso me permite más tiempo de rebufo. Quedan apenas unos metros para enlazar, pero nos aproximamos a una curva radical que nos lleva directos al viento en contra. Pero ahí están mis niños. Mis globers. Mi mundo. Están en la cuneta, animando: Donan, Taxímetro, Palomis, Cigalas, Enju, Gruñón (y hermano), Oscar… No me quiero olvidar de nadie. Me gritan, me espolean, me llevan… me dan ese último impulso que necesitaba para enlazar con el grupo. Y mi compañero “de fuga” también. Me invade la felicidad, otra lágrima surca mi cara, pero ésta la saboreo.

Meta a 20 kilómetros. El pelotón reduce ostensiblemente su marcha. “¿Que ocurre?” Pregunto. “Es que ya se ha hecho la escapada buena”, me comentan. Tiene narices. Ya podía haber sido mucho antes. Tras el eprint Especial por ejemplo. Pero lo agradezco. Es tiempo para buscar entre el pelotón de supervivientes a mi amigos master. Cadelo (Guía Color), Julián (Botistrong), Fran, Jesús, Dani (Más Madera). A muchos les ha tocado trabajar para conseguir meter algún corredor en la fuga. Y yo no he podido saludarles en todo el recorrido (unos 90 kilómetros). Y queda lo mejor: cruzar la línea de meta. El apoyo del público. Qué satisfacción. Por cierto, ganó un tal David Busto Portillo. Lo acabo de leer. Ni idea de quién se pudo llevar el chorizo.
.

***Por RAFAEL SIMÓN